Este blog no es el que era. Lo que empezó en enero de 2011 como un diario en el que publicar recetas y crónicas de visitas a restaurantes hoy pretende alejarse de ese formato y centrarse, todo lo posible, en las personas que su autor ha ido conociendo a través, precisamente, de su blog.
¿Quién es su autor? El de la foto, por supuesto. Aficionado a referirse a sí mismo en tercera persona porque da más relumbre, él se dedica a la estrategia en Medios Sociales, pero como le apasiona la gastronomía es ex-alumno de la Escuela de Hostelería Hofmann, Caballero de la Real Orden de los Huevos con Todo, Barón del Eixample y Virrey de Barcelona por la gracia de sus Glotonas Altezas.

Jordi Luque Sanz, con cara de enteradillo, a punto de devorar un cruasán de mascarpone.
Por cierto, Lo que se come en casa también está en Facebook, Tumblr y Twitter. La experiencia completa es mucho mejor.∗
Sobre el título del blog
Verano de 2006. Mi mujer y yo pasábamos unos días en Constante, aldea lucense donde nació mi suegro, en la granja de Sagrario y José, primos de Cira, mi mujer, y vaqueros de profesión.
Vaqueros, pero no como los de Marlboro. Ellos son vaqueros de verdad: de lumbago, manos como sarmientos y botas de agua cubiertas de barro y excrementos de vaca. Son gente buena, generosa, recia, curtida por la vida de campo.
Por supuesto, beben la leche de sus vacas y elaboran su propio queso. Comen las verduras que cultivan en su huerto y los embutidos que ellos mismos manufacturan; deliciosos chorizos gallegos. Y los huevos de sus gallinas, que corretean por un vergel inalterado desde que los romanos batallaban con tribus celtas por aquellas tierras, esos huevos, digo, densos y amarillos como una supernova, son el orgullo de José.
‘Si es que lo que se come en casa se sabe lo que es…’, aquí chascó la lengua, se detuvo y siguió: ‘Pero lo que no se come en casa, no se sabe lo que es’.
Precisamente estábamos comiendo huevos fritos cuando José nos contó que en una ocasión fue a Lugo y por circunstancias tuvo que comer en la ciudad. Se le ocurrió pedir una tortilla. Constante no está muy lejos de Lugo, a media hora en coche, pero los huevos de aquella tortilla distaban mucho de los que ponen sus felices gallinas.
‘Arrrgh’, dijo José rascándose la nuez hacia arriba, hacia la boca, queriendo representar el retorno de aquella comida infecta que probablemente a un barcelonés como yo le habría parecido de lo más auténtica. Así, confesando su disgusto por la comida de la muy urbanita capital lucense, después del ‘Arrrgh’ añadió: ‘Si es que lo que se come en casa se sabe lo que es…’, aquí chascó la lengua, se detuvo y siguió: ‘Pero lo que no se come en casa, no se sabe lo que es’.
Cuánta verdad encerraban la sabias palabras de José. Palabras que, por lo visto, quedaron grabadas en mi memoria.∗

